LOUIS I. KAHN
Monografías de Arquitectura y Vivienda
Varios Autores
Geometría como única morada
Tras un provechoso año sabático en la Academia Americana de Roma y animado por el mismo espíritu que aquel destacado miembro de su estirpe que fue David, el oscuro profesor de arquitectura que a comienzos de los años cincuenta era Louis Kahn decidió lanzarse a la arena dispuesto a luchar con el goliath triunfante y omnipresente de la arquitectura entonces al uso, en busca de una alternativa que no olvidase los valores de aquella arquitectura de la que tanto disfrutaba en la Ciudad Eterna.
Su arma iba a ser el verbo, la palabra. Sin ella, el construir no tenía sentido. Había que volver a poder dar nombre a lo que edificamos. Una casa. Una escuela. Un museo. Y, en último término, una ciudad. Aferrada a la tarea de establecer un lenguaje acorde con lo que había sido el desarrollo científico e industrial de la primera mitad del siglo XX, la arquitectura parecía haber olvidado en aquellos años lo que hasta entonces habían sido sus atributos y obligaciones. Kahn prometía cumplir de nuevo con éstas y rescatar aquéllos. Para construir era preciso saber qué construir. Construir no era tan sólo saber cómo. «La forma es el "qué". Diseño es el "cómo"». Y el qué, naturalmente, es previo al cómo. Pero intuir el qué no supone saber cómo. Es preciso explorar cómo hace su aparición la forma. El orden está en el origen mismo de la forma, que ahora y se convierte en lo edificado, en la arquitectura, al construir. Misión del arquitecto es definir tal orden, dando así vida a los espacios que reflejan su naturaleza, «lo que quieren ser».
La vigencia del platonismo iba a ponerse de manifiesto una vez más. Si hoy sus palabras tienen todavía la fuerza inexorable de la poesía, a nadie puede extrañar el impacto que tuvieron cuando la arquitectura estaba tan ajena a todo aquello que no fuera la representación de la función y comenzaron a divulgarse a través de los primeros números de la revista Perspecta, que la Escuela de Arquitectura de Yale publicaba, y en la que, por aquellos años, Kahn enseñaba. Eran sus palabras la promesa de una arquitectura diversa de la que entonces se hacía y pronto conquistaron tanto a los estudiantes de las escuelas como a los profesionales que se movían en el ámbito de lo cotidiano.
Pero las sugerentes propuestas de Kahn no iban a quedar reducidas a un simple proyecto académico. En veinte frenéticos años de actividad profesional —desde principios de los cincuenta al 17 de marzo de 1974, en que murió en uno de aquellos espacios públicos que tanto le atraían, la estación de Pensilvania en Nueva York—. Louis Kahn tuvo la oportunidad de demostrar con su obra el alcance de sus propuestas. Casas, factorías, iglesias, laboratorios, museos, conventos, universidades, memorials, asambleas, escuelas, teatros, ferias, auditorios, etcétera. Si nos adentramos en la ciudad de Kahn —dispersa en todo el mundo como si de una nueva visión de la civitas Dei se tratase— no será difícil reconocer, tal y como Kahn nos anunciara en aquellos iniciáticos textos, que en ella el orden prevalece y que al orden es, en último término, al que hay que hacer responsable de la forma. Pero ¿quién lo impone? La respuesta es clara, el orden viene dictado por la geometría.
El mundo de la arquitectura kahniana está poblado por polígonos y poliedros que definen recintos y espacios en los que aquélla reposa. El orden es el reflejo de una fuerza intrínseca que los relaciona. A veces este orden permite ocupar el plano regularmente como en el proyecto para la comunidad judía de Trenton, Nueva Jersey, o en la factoría para Olivetti-Underwood de Harrison, Pensilvania, o en el Instituto Salk de La Jolla, California, o en el Museo Kimbell de Fort Worth, Texas; otras, el orden se manifiesta en maclas y cadenas continuas que le permiten asumir cambios profundos como en el proyecto para la City Tower de Filadelfia, o en los Laboratorios Richards de la Universidad de Pensilvania, o en la residencia del Bryn Mawr College, o en los edificios públicos de Bangladesh. Tan sólo en algún caso excepcional, como en el convento de las Dominicas de Media, o la casa Norman Fisher de Filadelfia, el orden no es mero reflejo de la regularidad y continuidad mencionadas, anticipando así lo que serán las aleatorias agrupaciones de los años ochenta.
Aunque esta vigencia de la geometría y la explícita aceptación de la condición monumental hacen que la arquitectura de Kahn pueda verse como muy próxima a la tradición clásica, hay que hacer constar que ni el gusto por el trazado como matriz de la composición ni el respeto a tipos existentes, rasgos característicos de aquella arquitectura, aparecen con frecuencia en su obra. La geometría es la única pauta para la construcción. Y el talento de Kahn radica en su capacidad de hacernos olvidar la presencia de aquélla. Que la tiranía de la geometría no se manifieste en su obra es su mayor logro como arquitecto. A mi entender, son la cuidadosa manipulación de la luz y su extraordinaria sensibilidad para el manejo de los materiales los responsables de que así sea.
La luz es clave para entender la arquitectura de Louis Kahn. La luz revela la arquitectura. Es más, cabría decir que con la luz construye, al menos visualmente, la estructura que la pone de manifiesto. La serie de poliedros imbricados y vacíos de que se sirve Kahn para construir su arquitectura alcanzan su condición de seres vivos cuando se iluminan. Las armaduras/corazas con que construye sus edificios son también pantallas reflectantes de luz, produciendo ésta una inspirada experiencia que da razón de la artificiosa extrañeza que a veces sentimos cuando nos encontramos en el interior de un espacio kahniano. Kahn es bien consciente de ello, y no es raro encontrar en sus textos expresiones como éstas: «el volumen sólido mencionado es fuente de luz» o «la estructura proporciona la luz al espacio interior». La luz es algo inherente al ser del edificio, una manifestación de la realidad del mismo diversa pero no distinta. Estructura y luz son representaciones de una misma realidad, la arquitectura, y de ahí que Kahn en sus construcciones ignore la fuente de la que la luz procede y no nos haga entrar en contacto con ella nunca.
Pero a renglón seguido, si bien sea con brevedad extrema, hay que recordar la delicadeza con que en su obra se acoplan los distintos materiales. Kahn nos enseña a apreciar la naturaleza, la realidad tangible de un material al aproximarlo a otro. Conoce bien la neutralidad del hormigón bruñido y de ahí que lo haga ser compañero del travertino o del roble para que disfrutemos de sus texturas. El acero en sus manos se transforma. Y la piedra. Y el vidrio. Y el ladrillo. Los materiales hacen posible que Kahn difumine la presencia de la geometría en su obra, haciendo gala de una sensualidad que rara vez se reconoce. Este placer que Kahn siente al encontrarse con la naturaleza misma de los materiales con los que trabaja nos pone en directo contacto con ellos, experiencia que se convierte en auténtico descubrimiento y que, sin duda, es uno de los más grandes atractivos de su obra.
De lo que fue su proyecto, de lo que significaba, y del impacto que tuvieron sus hermosísimas palabras, queda hoy tan sólo un remoto eco: son historia, necesaria, por otra parte, para entender mucho de lo que ha ocurrido en el pasado próximo. Pero los años no han conseguido apagar el interés que despierta su obra, una obra que curiosamente reivindica, como hace siempre la mejor arquitectura, la experiencia directa: es entonces cuando la dimensión del arquitecto que Kahn fue se nos hace presente, cuando su grandeza se manifiesta sin necesidad ya de justificación alguna.
Rafael Moneo
FICHA BIBLIOGRÁFICA
FERNÁNDEZ-GALIANO, Luis, editor. A&V Monografías de Arquitectura y Vivienda, nº 44: Louis I. Kahn. Madrid, Arquitectura Viva, 2001, 108 p.
CONTENIDO DE LA REVISTA
2 Geometría como única morada. Rafael Moneo
4 Del silencio a la luz. Juan Navarro Baldeweg
5 UNA OBRA CANÓNICA
6 Jehová en el Olimpo. Louis Kahn y el final del Movimiento Moderno. Vincent Scully
16 Cosmos y estado. La Asamblea Nacional de Dhaka. William Curtis
22 El emperador de la luz. La obra de Kahn, veinte años después. Martín Filler
31 PRINCIPIOS GEOMÉTRICOS
32 Galería de Arte de la Universidad de Yale, New Haven, Connecticut, 1951-1953
36 Centro para Comunidad Judía, Trenton, Nueva Jersey, 1954-1959
39 Laboratorios Médicos Richards, Filadelfia, Pensilvania, 1957-1965
43 PAISAJES EN ESCENA
44 Instituto Salk de Estudios Biológicos, La Jolla, California, 1959-1965
52 Primera Iglesia Unitaria, Rochester, Nueva York, 1959-1969
56 Centro de Bellas Artes, Fort Wayne, Indiana, 1959-1973
59 MONUMENTOS ORIENTALES
60 Residencia Erdman, Bryn Mawr College, Bryn Mawr, Pensilvania, 1960-1965
64 Instituto Indio de Administración, Ahmedabad, India, 1962-1974
68 Capitolio de Sher-e-Bangla Nagar, Dhaka, Bangladesh, 1962-1983
75 EL ARTE DE LA LUZ
76 Biblioteca de la Academia Phillips Exeter, New Hampshire, 1965-1972
80 Museo de Arte Kimbell, Fort Worth, Texas, 1966-1972
88 Centro de Arte Británico de Yale, New Haven, Connecticut, 1969-1974
92 Obras escogidas, 1940-1974
96 Obra completa, 1925-1974
97 Textos en inglés
Información seleccionada y editada por Fredy Ovando Grajales para el blog Biblioteca de Arquitecto(s).

