
KONSTANTIN MELNIKOV: LA CASA DEL ARQUITECTOFrederick Starr
En una calle tranquila de Moscú, tras la destartalada verja de un patio invadido por la hiedra y los arbustos, se alzan perennemente desconchados, los muros de un, sin embargo, imponente edificio, tan insólito hoy en día como en 1927, cuando fue diseñado por Konstantin Mélnikov, su propietario y arquitecto.
Su concepción básica no puede ser más sencilla. Dos cilindros de idéntico diámetro, pero de diferente altura, se abren en un cuarto de circunferencia de tal forma que les permite interpenetrarse. En el área de superposición se sitúa una escalera de caracol que conecta los tres pisos. El comedor, el dormitorio y las áreas de servicio se concentran en la planta baja y en la mitad trasera del primer piso que tiene un techo bajo.[1] El resto del primer piso y del amplio segundo piso están libres de cualquier tabique, formando así un gran salón y taller, a doble altura. La impresionante fachada consiste en tres pisos completos de paneles enmarcados por bajas pilastras.[2] El efecto es extraordinariamente limpio y despejado. La clásica simetría que empieza en esta fachada se extiende a través del plano a la totalidad de la estructura. Un eje que une la parte posterior con la parte anterior ordena los espacios interiores tan pulcramente como los numerosos edificios clásicos que Mélnikov había estudiado cuando era estudiante en Moscú. Sin embargo, este orden básico lo alteran deliberadamente varios elementos. En primer lugar, el comedor de la planta baja atraviesa oblicuamente el eje y no se sitúa a lo largo de él. Por otro lado, la escalera en forma de espiral emplazada a un lado del área de confluencia entre los dos cilindros rompe nuevamente la simetría, obligando al visitante a confrontar cada una de las habitaciones principales, oblicuamente en vez de frontalmente. Por último, la enfatización de unas virtuales diagonales, fruto visual de la exageración con la que son tratadas las pilastras del segundo cilindro, coronadas con chimeneas esculpidas de modo expresionista, contribuye a conseguir el definitivo efecto dramático. Así, dos cilindros estables quedan transformados en formas cuyo dinamismo se impone por sí mismo, incluso a los ojos del observador más pasivo.
Evidentemente la casa de Mélnikov fue diseñada y ejecutada sin ningún compromiso. Esto fue posible porque Mélnikov era su propio jefe, inspector y contratista al mismo tiempo. Como si sintiera un placer maligno por este hecho, grabó su nombre ⎯"Konstantin Melnikov. Arquitecto"⎯ en grandes letras a través de la fachada, transgrediendo el espíritu colectivista del momento.
En efecto, Melnikov pagó personalmente el coste total de la construcción de la casa cilíndrica: 32,000 rublos. La llamada «política para la nueva economía», instituida en 1921, había vuelto a introducir la propiedad privada en ciertas áreas para que ésta se hiciera cargo de la administración de las industrias rusas, enormemente debilitadas, al mismo tiempo que permitía a la gente construir y poseer residencias privadas como una forma de combatir el aumento de la falta de alojamiento. El limitado acceso a materiales modernos en la URSS de 1927 imponía ciertas restricciones, pero, Melnikov lo aceptaba de buen grado. De hecho esta falta de material le alentaba a experimentar constantemente, con la utilización de técnicas más o menos rústicas empleadas en diseños modernos. El propio Melnikov señalaba: «La escasez nos hace buscar nuevas soluciones».[3] De esta forma los ladrillos rotos y otros desperdicios de construcción resultaban útiles. Se usaban para rellenar el espacio entre las paredes interiores y exteriores economizándose así piezas. Las paredes que parecen de hormigón vertido fueron construidas en realidad con ladrillos cubiertos de yeso.[4] El precio del hormigón era prohibitivo en 1927-28 y, Melnikov deseaba aprovecharse del trabajo de los campesinos, fácilmente disponible y barato. Estos no hubieran sido capaces de manejar el hormigón vertido, pero eran eminentemente capaces de construir con ladrillos y yeso, como lo habían hecho para edificar iglesias a través de los siglos. Paradójicamente el recurrir a una construcción con ladrillos abrió nuevas posibilidades en cuanto al aventanamiento que hubiera sido difícil de conseguir con hormigón vertido. Melnikov había observado atentamente el enladrillado de la pared de una torre del siglo XVI en Moscú que estaba siendo restaurada en aquel momento y decidió abrir de modo parecido la pared de su casa construyendo alrededor unas sesenta ventanas salientes. Cualquier ventana que él considerase más tarde innecesaria podría ser fácilmente rellenada sin alterar significativamente la apariencia exterior. De esta forma, un edificio rígidamente formal desde el exterior se convertía en altamente flexible y adaptable desde el interior, lo que denotaba una evidente voluntad de superar cualquier estricta e inmediata funcionalidad.[5]
Melnilrov también aprovechó las habilidades de sus trabajadores al diseñar los suelos y los tejados. La amplia superficie del salón y del estudio hacía que las construcciones convencionales de madera fueran inadecuadas sin paredes interiores de apoyo. Sin embargo, la presencia de soportes de cualquier tipo hubiera destruido la espaciosidad de estas habitaciones dispuestas en doble espacio. Para superar este dilema, Melnikov desarrolló un sistema único de suelos de madera «autorreforzados», en los cuales una densa estructura reticular proporcionaba la fuerza necesaria. Los obreros no tuvieron ninguna dificultad para construirla, resolviéndose la construcción de tejados planos capaces de soportar las pesadas nieves de Moscú, a partir de habilidades heredadas del pasado renovadas de modo empírico.[6]
Si bien numerosos aspectos utilitarios guiaron a Melnikov en el desarrollo de la obra, fueron criterios bien diferentes los que le influyeron a la hora de concebir el edificio como un volumen de formas cilíndricas, de marcada pureza geométrica. En efecto, la base purista de muchos de los diseños de Melnikov se sustentaba en la noción de que los elementos esenciales del arte del arquitecto eran las formas del cubo, la esfera, la pirámide o el cilindro. Ahora bien, estas consideraciones estaban también presentes en muchas de las propuestas que exponía el Expresionismo en aquel momento. Si bien Melnikov no se consideraba realmente un expresionista, su obra sintonizaba con algunas de las tendencias que éstos defendían: en lo que a la forma se refiere, el Expresionismo se había dividido básicamente en dos corrientes [7], una de las cuales prefería las bases «orgánicas» y curvilíneas del mundo biológico, mientras que la otra se inclinaba por las formas afiladas y puras de la cristalografía. Mientras Mendelsohn resumía la primera tendencia, Scheerbar adoptaba la última más plenamente. En este sentido, el Idealismo común a todos los expresionistas favorecía la atracción hacia ciertas influencias neopitagóricas y hacia el tratamiento simbólico de las formas geométricas.[8]
Melnikov llevó esta última tendencia hasta el extremo y los resultados pueden apreciarse en esa predilección por cilindros, cubos, y especialmente triángulos y pirámides. Sin embargo, y a diferencia de otros artistas rusos, Melnikov también asimiló las lecciones más importantes de la obra de Mendelsohn y las utilizó en su trabajo.[9] En efecto, ya en el Club Rusakov, Melnikov se había iniciado en las formas orgánicas del arquitecto alemán, aunque siempre sometiéndolas a una disciplina cristalina.
Pero fue en su propia casa de Moscú donde Melnikov realizó su mayor aproximación a las formas plásticas preferidas por Mendelsohn. Así, mientras la estructura, en su conjunto, es una composición «pura» y «cristalina» de cilindros; el dormitorio, con sus camas colocadas sobre pedestales cilíndricos y sus paredes curvas, perforadas por huecos hexagonales, aparece como una clara referencia a formas más «orgánicas», casi como las de una caverna, muy próximas a algunos de los diseños concebidos por Mendelsohn o Finsterlin.
Este impulso hacia el Expresionismo estuvo presente a lo largo de la carrera de Melnikov, y dejó una huella perceptible hoy en día en su arquitectura. Se trataba de una afinidad no sólo artística, sino también personal. Como los expresionistas, Melnikov estaba predestinado a enlazar dos eras, y aún así no formar parte por completo de ninguna. Utópico por instinto e idealista por convicción, esperaba que un orden social y moral perfecto iban a crecer milagrosamente del deterioro del presente, y con ello se aproximaba a la confianza que muchos de los expresionistas tenían en la regeneración espiritual y social que el Arte acabaría por imponer. En efecto, esto, más el deseo de crear «der neue Mensch» (un hombre nuevo), hacía que la utopía comunitaria expresionista fuera mucho más atractiva para los que rechazaban el cientifismo y el materialismo marxistas.[10] La regeneración podía así venir a través de una transformación súbita, o Aufbruch, y reforzaba la comparación en la mente de aquellos rusos que intentaban dar un sentido a su propia revolución.
Todos estos ideales, sin embargo, no subsistieron mucho tiempo. Encerrado durante los últimos años de su vida en su casa, su «esplumeor» particular[11], Melnikov apenas podía contemplar, vacío y perplejo, un mundo que le era ajeno: recibida con mesurado entusiasmo en 1927, la casa Melnikov pronto fue considerada el blanco principal de violentos ataques que la consideraban un «experimento sin principios». En 1937, a los 47 años, obligado por la Unión de Arquitectos Soviéticos a poner fin a su actividad creativa, Konstantin Melnikov veía su carrera truncada por un forzado y prematuro final.
Publicado en Quaderns d'Arquitectura i Urbanisme, nº 169-170, 1986, p. 36-47.
Información recopilada y editada por Fredy Ovando Grajales para el blog Biblioteca de Arquitecto(s).