
VIVIR UNA CASAÁlvaro Siza
Nunca he sido capaz de construir una casa, una casa auténtica. No me refiero a proyectar y construir casas, cosa menor que todavía consigo hacer, no sé si acertadamente.
La idea que tengo de una casa es la de una máquina complicada en la que cada día se avería alguna cosa: bombilla, grifo, desagüe, cerradura, bisagra, enchufe, y luego termo, estufa, frigorífico, televisión o vídeo; y la lavadora, o los fusibles, los ganchos de las cortinas o la cerradura de seguridad.
Los cajones se atascan, se rompen las alfombras y la tapicería del sofá del salón. Todas las camisas, calcetines, sábanas, pañuelos, servilletas, manteles y paños de cocina yacen rotos junto a la tabla de planchar, cuya tela de protección presenta un aspecto lamentable. Igualmente hay goteras en el techo (se averían las tuberías del vecino, o se rompe una teja, o se despega la tela). Y los canalones están llenos de hojas secas, las albardillas sueltas o podridas.
Si hay jardín, la hierba crece amenazadoramente, todo el tiempo libre del mundo es insuficiente para dominar la ira de la naturaleza; pétalos caídos y legiones de hormigas invaden los umbrales de las puertas, hay siempre cadáveres de pájaros, de ratones y de gatos. Se acaba el cloro de la piscina, se avería la depuradora; ningún aspirador restituye la transparencia del agua o absorbe las patas de los insectos, finas como cabellos.
El granito de las losas o de los caminos se cubre de un peligrosísimo lodo, el barniz se oscurece, las capas de pintura se desprenden y dejan al descubierto los nudos de una madera sin protección. Cualquier dedo de una anciana puede agujerear las carpinterías, los cristales están rotos, se ha caído la masilla, la silicona se desprende de las superficies, hay moho en los armarios y en los cajones, las cucarachas resisten a los insecticidas. El aceite siempre se acaba cuando encontramos la lata que necesitábamos necesaria, las juntas de madera se despegan, se desprenden los azulejos, primero uno, luego toda la pared.
¡Y si sólo fuera eso!
Vivir en una casa, en una auténtica casa, es una ocupación a tiempo completo. El dueño de la casa es, al mismo tiempo, bombero de guardia (las casas arden con frecuencia, o se inundan, o el gas se escapa sin hacer ruido y generalmente explota); es un enfermero (¿Nunca se os han clavado astillas de madera del pasamanos profundamente bajo las uñas?); y un socorrista. Domina todas las artes y profesiones, es especialista en física, en química, es abogado o, de lo contrario, no sobrevive. Es telefonista de guardia, recepcionista, telefonea a cada momento buscando fontaneros, carpinteros, albañiles, electricistas, y luego les abre la puerta de entrada, o la de servicio, acompañándoles con servilismo; pues de ellos depende, aunque nada impida la necesidad de una oficina completa que, igualmente, se va degradando. Y entonces es necesario afilar cuchillos, comprar accesorios, engrasar, reordenar, deshumidificar; de improvisto se avería el deshumidificador, y poco después el aire acondicionado, las bombas de calor.
Sin embargo, nada supera la tortura de los libros que se mueven misteriosa y autónomamente, desordenándose a propósito, atrayendo el polvo en sus cantos superiores y su grosor magnético. El polvo penetra por el borde superior de las páginas, pequeñísimos bichos se las comen con un ruido indescriptible; las hojas se pegan, el cuero se mancha, gotas de agua salidas de jarrones con flores a punto de morir se escurren sobre las ilustraciones, atraviesan las telas en un furioso proceso de disolución. El felpudo de la puerta de entrada se deshace y hay un surco profundo en la madera, las fibras de las escobas se desprenden, se rompen objetos preciosos, las tablas de las mesas y los muebles se abren en estallidos aterradores, no funciona la cisterna, la chimenea se llena de hollín ⎯un día de estos arde⎯, en la cristalería se rompen los vasos de la bisabuela, revientan las botellas de vino verde al que un casi nada de azúcar da vida, saltan los corchos o se pudren, pierden calidad precisamente la cosecha más apreciada.
Cuando por primera vez no se sustituye de inmediato una bombilla fundida, toda la casa se queda sin luz, lo que inevitablemente sucede un sábado, al mismo tiempo que revienta un neumático del único coche disponible.
Por eso considero heroico poseer, mantener y renovar una casa. En mi opinión, debería existir la Asociación de Cuidadores de Casas, y todos los años se adjudicaría la correspondiente mención honorífica y un elevado premio pecuniario.
Pero cuando ese esfuerzo de mantenimiento no se hace aparente, cuando el saludable olor a cera de una casa, por otro lado bien ventilada, se mezcla con el perfume de las flores del jardín, y cuando en ella nosotros ⎯visitantes irresponsablemente poco atentos a los instantes de felicidad⎯ nos sentimos felices, olvidando nuestras angustias de nómadas bárbaros, entonces la única medalla posible es la gratitud, el silencioso aplauso; un momento de pausa, mirando a nuestro alrededor, sumergiéndonos en la atmósfera dorada de un interior de otoño, al final del día.
Oporto, marzo de 1994.
Del libro: Álvaro Siza. Casas 1954-2004, de la editorial Gustavo Gili.